jueves, 29 de marzo de 2012

Deberes, tareas, actividades: a vueltas con el tema.

Hace poco, ha surgido una iniciativa en Francia por la cual un grupo de padres se opone a que sus hijos realicen tareas escolares en el hogar, porque las consideran inútiles y constituyen una fuente de estrés infantil. Twitter se ha hecho eco de la noticia: http://cesoirpasdedevoirs.blogspot.com.es/ (vía @ubibene) y se ha reabierto un viejo debate (quizás tan viejo como los deberes) sobre la necesidad de ocupar el tiempo de ocio de los alumnos con actividades de la escuela. Volvamos, pues, a revisar el tema de los deberes.
Primero que nada, me gustaría discrepar del término deberes. Creo que es poco apropiado para definir las tareas escolares. Deber indica obligación, y en plural, hace referencia a una deuda, a un requerimiento de la escuela sobre el tiempo libre de los niños y jóvenes. La palabra se ha ido revisitiendo de un halo de negatividad que la hace antipática; y, como ocurre con otras expresiones, ha tomado un valor propio, distinto: los deberes. Por tanto, habría que plantearse cambiarla por tareas escolares, o por práctica en casa. Aunque, evidentemente, cambiar el nombre es una parte del tema; y no la principal, a mi entender. Tratar los deberes aisladamente puede ser un ejercicio interesante, sin duda. Pero su concepción entronca en una determinada visión de la educación, en la que cobra sentido.
Como hemos dicho en anteriores ocasiones, la práctica escolar acumula años de tradición que están presentes implícitamente: siempre ha habido deberes. Sin embargo, no todos tenemos la misma idea sobre qué son (o han de ser) estas tareas. Tradicionalmente, se han entendido como un refuerzo fuera del colegio de aquellos temas que son considerados más importantes: lectura, cálculo, ortografía, sintaxis... Se da la misma actividad a todo el alumnado -aunque presente grandes diferencias de capacidad, interés, posibilidad de ayuda en casa- y se temporaliza, se da un plazo para realizarla. Si no se entregan puntualmente, habrá una sanción por parte del profesorado.
A grandes rasgos, esta es la manera clásica de entender las tareas en casa. Si vamos un poco más allá en el análisis, veremos que los deberes están muy relacionados con los libros de texto. En estos materiales, encontramos tareas que difícilmente pueden llevarse a cabo sólo en el aula. Están planteadas para ser hechas en casa. Por tanto, entramos en un tema muy trillado: la excesiva influencia que ejercen los manuales de texto sobre la configuración de la práctica escolar. Son tan configuradores de lo que ocurre en el aula que llegan a marcar también aquello que sucede fuera de la escuela: el tiempo de ocio y familiar.
La inercia de este modus operandi es grande, y afecta a alumnos, padres y maestros. Hemos asociado los deberes a la escuela, y su existencia se considera fuera de discusión. Parece que la institución escolar necesitara colonizar la vida de sus miembros más allá de la permanencia en el centro. Recuerdo como Francesco Tonucci, el gran Frato, denunciaba este afán colonizador y rechazaba la existencia de deberes porque los niños "han de poder ocupar libremente su tiempo". ¿Cómo justificar la vigencia de las tareas para casa, en un tiempo que ofrece múltiples oportunidades formativas, recreativas, educativas, más allá de la escuela?
Por una parte, las tareas en casa son una afirmación de la importancia de la escuela. Nos damos cuenta, como docentes, que la educación formal va perdiendo terreno en su consideración social. Que los alumnos ocupen parte de su tiempo con actividades escolares puede ser una manera de contrarrestar esta tendencia, de afirmar la permanencia de lo escolar más allá del horario de nueve a dos, o a cinco. Nos negamos a ejercer una simple guardería de niños, un espacio donde pasan el día sin más repercusión. He de decir que participo de esta preocupación, y entiendo que una cierta presencia de lo escolar fuera del aula es necesaria.
Por otra parte, es cierto que el tiempo escolar es bastante limitado, y la práctica del alumnado puede necesitar de más tiempo. Pero éste nunca habría de ser excesivo, ni anular otros aspectos como el juego, la relación familiar, incluso actividades formativas como la música, el baile o el dibujo. Volvemos al argumento anterior: la escuela es importante, pero ha de saber convivir con otras realidades que están ahí, gusten más o menos al profesorado.
Otro aspecto que afecta enormemente a las tareas en casa es el de la ayuda de adultos. Los padres, los familiares, algún amigo de la familia, pueden echar una mano, y, a veces, su estilo de enseñar puede interferir con el planteado en la escuela. Además, la ayuda puede ser tan exhaustiva que el alumno, lejos de practicar, se limita a observar cómo un adulto le resuelve las cuestiones... Una vez más, la coordinación entre escuela y familias podrá reconducir estos problemas, aunque, como hemos dicho anteriormente, la tradición de los deberes incumbe también a padres y alumnos; es decir, hay unas expectativas que cumplir, y unas experiencias previas, por parte de los padres, que influyen en su visión. No podemos olvidar que, en muchas familias, las expectativas son bajas, y las posibilidades de ayudar son escasas; esto se debe a diversos factores: desestructuración, horarios laborales, nivel cultural pobre... Puede ser que los deberes se conviertan, involuntariamente, en un factor más de desigualdad entre alumnos.
En resumen, no parece lógico que se siga aplicando la perspectiva tradicional para plantear este tema. Hay diversas maneras de abordar qué hacen los alumnos en casa. Una de ellas, muy aconsejable, es que los alumnos aporten información relevante sobre sus familias, su cultura, sus peculiaridades; es decir, que la realidad entre en los centros como un factor de interés. Este planteamiento no es nuevo, por supuesto. Pero quizás no viene reflejado en los libros de texto. Supone que cada niño o niña, o joven, obtendrá resultados personales, propios, que enriquecerán al grupo y aumentarán la información sobre los demás.
Otra opción es diversificar las tareas, diferenciando las necesidades de los alumnos, pero sin sobrecargar a unos y liberar a otros. Esta propuesta plantea la cuestión de cómo corregir tareas distintas; pero, si existen refuerzos del profesorado, puede dividirse el grupo y realizar la corrección simultáneamente.
Por último, conviene preguntarse si, en estos tiempos de múltiples pantallas, tecnologías de la información y la comunicación, un enfoque tradicional de los deberes, que exija mucho tiempo y esfuerzo, tiene cabida o, por el contrario, es un ejercicio más del viejo entretenimiento de tirar piedras en nuestro tejado.

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