viernes, 31 de julio de 2015

Educación mediática, asignatura pendiente

Hace unos años, se abrió un debate sobre la conveniencia de incluir, en la educación formal, el aprendizaje audiovisual. Algunos libros sobre el tema (recuerdo el de Bazalgette, por ejemplo, que data de 1991, nada menos) proponían modelos para una alfabetización audiovisual, enseñar al alumnado a comprender los medios, sus dinámicas, su funcionamiento. Se trataba, además, de promover la reflexión sobre su uso y disfrute, reflexión que normalmente no se hacía más allá del "me gusta" o "no me gusta" (y eso que hablamos de antes de Facebook, el reino del pulgar hacia arriba como refuerzo a lo publicado). 
Este debate a que nos referimos se inició cuando se vio que la inserción de los medios en la vida de las personas no tenía marcha atrás. La presencia de radio, televisión y una incipiente red informática había transformado la manera de acceder a la información, dando prioridad a la imagen, la inmediatez y también a la emoción sobre la palabra, la distancia y la reflexión. Había, por supuesto, detractores feroces de lo audiovisual, y también defensores de los nuevos tiempos. Entre los primeros recuerdo a Giovanni Sartori y su estupendo "Homo videns. La sociedad teledirigida", en el que daba argumentos sobre el empobrecimiento intelectual de la población, que había vuelto al predominio de la imagen frente a la lógica de las palabras, del razonamiento abstacto, hecho de lenguaje escrito. Nicholas Carr, más recientemente, retomaba el argumento refiriéndose a internet, con su obra "Superficiales", en la que lamenta la progresiva pérdida de capacidad de concentración en tareas exigentes que, a su juicio, causa el uso continuado de los hipertextos, con la cantidad de enlaces, imágenes, relaciones... que se establecen. Se puede así llegar a abandonar -o reducir mucho- la lectura en papel de novelas, ensayos, obras de divulgación... que no ofrecen estos alicientes virtuales.
La escuela no aceptó, en un primer momento, la competencia de la televisión. La generalización de la oferta, la aparición de canales privados y autonómicos, la extensión de la programación a las veinticuatro horas del día, eran jalones más en la imparable omnipresencia del medio. Poco a poco, se fueron incorporando televisores a los centros, en los que se veían vídeos, grabados o adquiridos (hubo unos años dorados de documentales en este soporte, muchos de ellos de gran calidad). Lo audiovisual se abría paso, pero no su alfabetización. 
Parecía que, como tantas otras cosas, enseñar a ver y a oír los medios no formaba parte de lo curricular, ni de las ocupaciones de la escuela. Hubo excepciones, evidentemente. Yo mismo proyecté y utilicé con mis alumnos de sexto de EP un sencillo cuadro sobre publicidad televisiva en el que se ordenaba la percepción (colores, formas, espacios, música...) y se propiciaba la reflexión sobre el mensaje recibido a través de un continente determinado. Por cierto, mereció un premio de educación en valores por parte de la administración educativa valenciana, cuando todavía se dedicaban fondos a premiar el trabajo de investigación de los docentes.
Pero el grueso del colectivo docente seguía a sus cosas, con las rutinas de cálculo, la lectura en voz alta y atentos al libro de texto. Pasó el tiempo, llegó internet a casi todos los hogares, empezaron a proliferar las redes sociales... y la escuela, en general, siguió a su ritmo. Se incorporaron ordenadores, se crearon aulas de informática, y los aparatos informáticos pasaron a ser parte del paisaje escolar. Fue la época de la incipiente programación a través de J-Clic, por ejemplo. 
Basura electrónica - Galería de Windows
La tecnología avanza a gran rapidez, como sabemos. La conexión a la red se volvió una necesidad en los centros, pero la cuestión de su uso quedó relegada a lo ocasional, cuando no a lo anecdótico; tal vez esta situación ha cambiado ahora que todas las clases de muchos centros escolares están conectadas a internet y el acceso es posible a tiempo real. Pero seguimos igual en la alfabetización mediática, me temo. Además, ahora es una tarea más compleja, porque los estímulos, la oferta a un clic ya incluye todo lo imaginable. De hecho, la competencia digital y de tratamiento de la información ha formado parte de las competencias básicas -ahora competencias clave- y constituye una parte fundamental de la vida de la juventud, a edades cada vez más tempranas.
¿Cuál es la respuesta de la administración educativa, en líneas generales? Prohibir el acceso a las redes sociales desde los centros, cerrando los ojos a una realidad: muchos alumnos de primaria ya están en Facebook a los diez años, aunque oficialmente no se pueda acceder hasta tener catorce. No se trata de usar la conexión escolar para chatear o actualizar el muro -o cualquier otra actividad de las redes- sino de aprovechar sus potencialidades, enseñando además a hacer un uso respetuoso de la comunicación virtual, que, como sabemos, se rige por parámetros distintos a la efectuada cara a cara, o por conversación telefónica.
Y en secundaria, ¿quién le pone el cascabel al gato? El ciberacoso ocurre con demasiada frecuencia, alargando los problemas de los acosados más allá de la permanencia en el colegio. ¿Por qué no incorporar, en las tutorías, información y reflexión sobre el uso de las redes y de internet en general? Probablemente se hace, pero debería constituir una prioridad, para cumplir con la finalidad de la educación, que va más allá de obtener unas buenas calificaciones en pruebas externas; esto último será producto de una reforma equivocada, mientras que asegurar la (buena) convivencia social es una necesidad, también en la red.

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