viernes, 14 de agosto de 2015

La profesora de historia: una docente contra la corriente

Uno de los temas constituyentes de este blog es la relación entre el cine y la educación. Ya son unos cuantos los artículos dedicados a películas que, por su interés en el tratamiento de la educación, o por su utilidad en el aula, se han publicado en estas páginas. Retomamos hoy esta tradición a propósito de una película francesa que, desgraciadamente, ha pasado bastante inadvertida en nuestro país: La profesora de historia, cinta estrenada en la primavera de 2015, digirida por Marie-Castille Mention-Schaar y protagonizada por Ariadne Ascaride. Se basa en hechos reales.
La historia sucede en el instituto de secundaria "Leon Blume" de la periferia de una ciudad francesa. En una clase heterogénea de segundo curso conviven alumnos musulmanes, cristianos, indiferentes, judíos, con distintas circunstancias familiares y diversas expectativas académicas. Hay pocos alumnos motivados (los que se sientan delante) y la mayoría vive el aula como un lugar en el que pasar el tiempo, sin más complicaciones. Me gusta el realismo de la convivencia en el centro, los enfrentamientos, el lenguaje descarado de los estudiantes y la dificultad para llegar a ellos del profesorado. No es un centro fácil, en verdad.
Anne Geguen es una profe de historia que da clase a estos alumnos. No parece un alarde de innovación: dicta sus clases, se ajusta al programa, pero no grita, conoce el nombre de todos, tiene paciencia para solucionar las situaciones cotidianas de tensión en el aula y fuera de ella. La película, al contrario que Diarios de la calle, por ejemplo, no se centra en ella, no la convierte en una heroína como la Hillary Swank de la película norteamericana (con la que guarda evidentes semejanzas, entre ellas el tema de la Shoah, el genocidio judío). La trama se centra, afortunadamente, en los alumnos, sus dificultades y los problemas que enfrentan.
Cartel de la película, tomado de www.filmafinity.com
En un momento dado, Anne propone a sus alumnos participar en un concurso sobre la resistencia y la ocupación de Francia durante la segunda guerra mundial. Es, sobre todo, una muestra de confianza en ellos. Con la colaboración de la bibliotecaria, una mujer que aporta información, pistas, lecturas, empiezan a trabajar sobre el tema. No es un camino de rosas, evidentemente. Pero, lo que cambia el curso de las cosas es esa confianza que Anne deposita en sus alumnos. Se arriesga, sale de su zona de confort, es cuestionada por el director del centro y por sus colegas... Impagable esa profesora de idiomas que dice a la clase "De todas maneras, no conseguiréis acabar bachillerato", dando por implícita su propia derrota, la del alumnado y la de un sistema con carencias y derivas ya consolidadas.
Como decimos, la historia no presenta una profesora extraordinaria; se atreve a hacer más que los demás, ciertamente: lleva a sus alumnos de visita, no le disgusta estar con ellos fuera de clase... Tiene una mirada humana, cree que su trabajo es educar, no sólo formar o transmitir conocimientos a partir del libro de texto. No cuento mucho más, espero que podáis verla y disfrutarla. Me sobra el exceso de música para realzar escenas ya suficientemente emotivas, recurso que resulta facilón en una película bien rodada, con buenas interpretaciones y un inteligente manejo de los planos, dejando que fluya la narración y que se centra en el aula como escenario principal de la interacción.
El paso adelante de Anne supone, también, un desafío para los alumnos, que han de cambiar su rol más pasivo para pasar a ser investigadores, organizadores, colaboradores... y superar también sus miedos, sus reticencias a trabajar con "los otros", los que tienen otro credo, otro color de piel o, simplemente, otras expectativas sobre su desempeño académico. Además, nos permite revisar el sufrimiento de la población civil perteneciente a minorías como la judía o la gitana durante la ocupación nazi de gran parte de Europa. Muy recomendable.

viernes, 7 de agosto de 2015

Carta a docentes jóvenes

Hace poco, una compañera de centro, Loreto, paralela mía en este curso pasado, aprobó la oposición a maestra de inglés. Otra profesora, Silvina, de la misma edad más o menos, que fue alumna de prácticas conmigo hace años, también ha obtenido su plaza en audición y lenguaje. Pensando en ellas dos, sobre todo, pero en muchos compañeros que pasan por mi centro en interinidad o provisionalidad de plaza, me he decidido, con cierto pudor y sin ningún ánimo aleccionador, a escribir esta carta, esta reflexión sobre nuestro trabajo desde la perspectiva de quien, como yo, lleva tiempo en el aula y todavía no siente –ni espero sentirlo nunca- el deseo imperioso de abandonarla, sino todo lo contrario.

A mis jóvenes compañeras,

Tenéis ante vosotras la confirmación de una carrera profesional que habéis empezado hace años y que ahora, al obtener vuestra plaza por oposición, toma estabilidad. Por mi parte, llevo más de veinte años en este trabajo que compartimos, que llega a ser más que un trabajo, una dedicación dentro y fuera del aula. No sé muy bien qué propósito tienen estas líneas; tal vez ofreceros un poco de lo vivido y aprendido en este tiempo. Pero, como dice Goytisolo en Palabras para Julia, “Perdóname no sé decirte/ nada más pero tú comprende/ que yo aún estoy en el camino.” ¿Qué deciros?
La primera cosa es que nuestro trabajo es para disfrutar. Hay momentos complicados, clases que se resisten, alumnos que objetan, pero el fondo es el disfrute de la experiencia de compartir el conocimiento. Eso lo sabéis bien, me consta. Si se disfruta, la clase se hace llevadera, el reloj corre más de lo que pensamos, se crea un ambiente cómodo para todos. Por eso, si aparece en nosotros el aburrimiento, la rutina, mal síntoma. Imaginad cómo estarán nuestros alumnos. Se impone un cambio.
La programación no puede constreñirnos demasiado. Programar es poner por escrito las intenciones y previsiones que tenemos. Eso, sobre todo. Antes de liarnos con indicadores de rendimiento, estándares de aprendizaje y otras modas pasajeras, conviene saber qué queremos conseguir y cómo. Si lo pensado en septiembre se demuestra inútil en enero, habrá que revisar y adaptar lo necesario. Y la evaluación, ese instrumento que marca tanto el ritmo escolar… para mal, muchas veces, porque nos hace ir con prisas para “llegar” al control. Reconozco que aquí tengo mis dudas, no resueltas, sobre cómo evaluar mejor.
Tomado de http://www.bitacoravirtual.cl/
El aula es nuestro escenario principal, pero no el único. Tener esto en cuenta implica participar en la vida del centro, en los momentos formales y también, por qué no, en los informales, que ayudan en el día a día. Y eso os lo dice alguien que pasa mucho tiempo en el aula, pero no aislado –esa puerta abierta que me comunica con el resto del cole- y que permite que sea visible lo que ocurre en “mi” clase. El aula, su espacio físico, es sobre todo de los alumnos, del grupo, y a ellos hemos de ofrecerles una distribución adecuada, un lugar de relación, una posibilidad de recomponer el orden físico. Además, puede ser un lugar estético, con imágenes que ayuden a estar a gusto. Y es un lugar abierto: a los otros compañeros, a los padres, a alumnos de otros cursos… El aislamiento, desconocer qué se hace en cada aula, empobrece. La opacidad impide la confianza y el crecimiento compartido en las prácticas.
Sed valientes. En los claustros, opinad, razonad, participad y, por qué no, luchad por lo que creáis justo. Os caerá algún que otro golpe, pero valdrá la pena. No forméis parte del rebaño silencioso que, como mucho, se queja junto a la máquina de café. Olvidad la “cultura de la queja” que nada transforma y que sólo tranquiliza -o algo parecido- algunas conciencias.
Acomodarse suele llevar al aburrimiento. La rutina es apacible, pero inadecuada para tratar con alumnado que vive en una realidad virtual cambiante, en un ritmo informativo difícil de seguir. Si el aula continúa con un planteamiento tan repetitivo, difícilmente conseguiremos que nuestros alumnos muestren interés, más allá de complacernos porque, de algún modo, nos quieren (pìenso sobre todo en la educación primaria) o nos respetan. El libro de texto, desfasado en muchos aspectos, es un instrumento que sigue presente; si lo usáis, no os dejéis dominar por él, no perdáis vuestra voz en favor del libro. Vuestros alumnos os lo agradecerán.
La rutina también incluye mantenerse muchos años en la misma edad, en el mismo ciclo -ahora que han desaparecido caprichosamente en la nueva ley- y dejar que pasen los años hasta la jubilación. No os deseo eso, en absoluto.
A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno. Si no puedes conseguir cambiarlo todo, no renuncies a cambiar una parte. De pequeños cambios que se consolidan sale una transformación mayor y, muchas veces, más sólida. Un ideal sobredimensionado, inalcanzable, no sirve si no mueve a un cambio continuado. Y esa actitud no tiene por qué disminuir con la edad. Innovar es una opción para el profe de veinticinco y para el de cincuenta y cinco. Lo mismo podemos decir de la formación: reconocer que necesitamos mejorar en algún aspecto, no descuidar otros, propiciar la reflexión sobre qué hacemos y por qué razones. Aprended de los compañeros: tanto lo que se puede imitar e incorporar, como lo que conviene no hacer.
Explicad lo que hacéis. Los padres constituyen vuestro público principal, al que debéis dar respuesta, así como a vuestros alumnos; y si os equivocáis, no pasa nada por pedir perdón. De momento, no se nos pide que seamos infalibles. Si la práctica es visible, se explica, normalmente se acepta. Y si una práctica no puede ser explicada o justificada públicamente, hay que revisarla. Pienso, por ejemplo, en poner cien copias repetitivas. Yo no sabría cómo justificar ese castigo, que nunca he impuesto.
Como conclusión, diría que nos ha tocado educar en tiempos líquidos, con pocas certezas, mucha innovación tecnológica y una mutación en el sistema de valores que hace treinta años -más o menos vuestra edad- no habríamos imaginado. Es la escuela que tenemos; ni la queja continua, ni la idealización de un pasado que no es el vuestro ya, tan jóvenes como sois, son la solución para 2015. Abrirse al cambio, aceptarlo como parte de nuestro trabajo, sí ayudará, al igual que aceptar y fomentar la cooperación con los compañeros. A pesar de todo, de los caracteres diferentes y de las opciones metodológicas distintas. 
Termino felicitándoos por vuestra oposición, y deseándoos una carrera profesional fructífera, para vosotras y para vuestro alumnado. 

El aula: lugar vivido... ¿Espacio pensado?

El curso pasado se jubiló un compañero de centro, tras casi veinte años en nuestra escuela. Como ocurre tantas veces, pasó esos años en un ...